La Máquina de Impedir, de Colette Capriles, es obra del glorioso optimismo de la inteligencia

Aquí y ahora — en diciembre 9, 2011 a las 13:09 pm

A continuación, la transcripción del discurso que ofreció Aveledo en el acto de la presentación del libro La Máquina de Impedir, de Colette Capriles:

“Los pesimistas siempre nos parecen inteligentes. Dicen cosas que nos hacen sentir tontos o desinformados. Dan la impresión de pensar lo que a nadie se le ha ocurrido y son capaces de presentar el lugar común más ripioso como si fuera Diplona, que según la publicidad de radio y televisión de mi niñez, era “el último invento de la ciencia alemana contra la caspa y la calvicie”. Y todos sabemos que “ciencia” y “alemana” forman una combinación irresistible.

Los pesimistas siempre actúan con ventaja. Si sus predicciones se dan, quedarán como sabios y se convertirán en oráculos. En cambio, si lo que anticiparon no ocurre, todos estaremos tan contentos que no nos acordaremos y, desde luego, menos les reclamaremos.

El pesimismo es de los mejores aliados del populismo autoritario, ese que encontró finalmente el ropaje ideológico a la medida de su pretensión de controlarlo todo. Ese que quizás, de haber surgido en otra época, habría vestido la camisa negra o parda en vez de la franela roja, la cual, si a ver vamos, le viene mejor a su gestualidad desmesurada y su adicción, al ditirambo consigo mismo y a la invectiva contra todo (y todos) los demás.

La alianza esconde un parentesco recóndito, un cromosoma compartido, un rasgo común en el ADN que es el sentido antidemocrático.

Ambos desprecian al pueblo. Uno y otro subestiman las capacidades y poderes creativos (¡cómo atinó Aquiles Nazoa!) de la gente sencilla, del común en cuyas manos la democracia, esa maravillosa rutina quimérica ahorradora de violencia y muerte, ha puesto las decisiones supremas.

La demagogia del populismo autoritario de “este carnaval al que se da, para embellecerlo, el orgulloso nombre de revolución”, préstenos Weber, desprecia al pueblo en cuyo nombre dice obrar al dedicar más seso a manipularlo que a servirlo. Su pariente y aliado, el pesimismo sabihondo desdeña al pueblo porque desde su supuesta altura lo ve en perpetua minoridad, incapaz de decidir, necesitado ontológicamente de tutela.

Y al final, volvemos al principio.

Todos sabemos de la idea de Gramsci sobre el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la inteligencia, aunque quien habla confiesa que la primera vez que la oyó fue atribuida a Georges Burdeau. La inteligencia sería pesimista porque conoce y entiende, mientras la voluntad es optimista, porque siempre cree que puede.

Al contrario, que gozo, este libro de Colette, como los artículos que lo componen (y el todo fue anterior a las partes y es algo más que la suma de ellas), es obra del glorioso optimismo de la inteligencia.

Porque la “máquina” no ha logrado impedirle pensar acerca de lo que su mirada aguda capta y procesa con las herramientas de su cultura amplia y bien estructurada. La inteligencia de Colette Capriles es capaz de ver lo que no es obvio, lo que de adentro, lo previo, lo simultáneo y lo ulterior. Una inteligencia suficientemente sagaz y prevenida para no ser autosuficiente, para no conformarse, para  saber que descubrir no es lo mismo que ratificar prejuicios, para intuir que hay algo más y que si no, puede haberlo. Y, en consecuencia, para no caer en la trampa del pesimismo, esa forma masoquista de autocomplacencia. Una inteligencia que se atreve a ser optimista.

Y eso se agradece. Y se lo agradecemos.

Empezando por mí que desde hace tiempo me sentí interpretado en la autodefinición de Joan Manuel Serrat como “pesimista esperanzado”. A mi gratitud debo sumar aquella por invitarme a decir estas palabras y por haber logrado en su derredor este encuentro de amigos que la admiramos por su inteligencia alerta, su rigor académico y su decencia personal”.